Los huevos del sacristán

Cuando Mamá Lola murió mi mundo se hizo un poco más frío, más cruel, más áspero. El velorio de mi abuela lo tuve que vivir ebrio porque no soporté lo que me hizo sentir su muerte.
Durante gran parte de mi vida consideré a mi abuela como una fuerza de la naturaleza, algo imparable, imbatible, irrefrenable. Después de todo, logró darle una educación superior a sus 5 hijas e hijo, limpiando casas ajenas, con otros oficios y emprendimientos. Una generación después, sus nietos tuvieron posibilidades económicas y culturales diametralmente diferentes.
Siempre admiré a mi abuela y cuando murió, comprendí la mortalidad en una dimensión real, despiadada, cruda, humana a fin de cuentas, de una manera tal que no tuve la fuerza para sentirla y recurrí al alcohol para sentirla un poco menos.
Comprendí la muerte como a mi abuela, imparable, imbatible, irrefrenable.
Ahogar los sentimientos y las emociones desagradables en una sustancia o en un comportamiento es un verdadero problema. La tristeza, la frustración, la decepción, la desesperación, el aburrimiento son las que más me afectan.
Al platicar con mi psicóloga, llegamos a la conclusión de que, prefiero anestesiar el dolor con herramientas mal sanas para que las emociones que me desbordan no me hagan sentir de manera tan intensa.
El riesgo de estas conductas es que el cerebro no está hecho para desaprender, lo que funciona una vez, funciona dos veces y todas las veces que sean necesarias y así en las ocasiones que no podamos soportar la realidad.
Es por eso que, todos los días le pido a mi abuela que me preste un poco de su fortaleza para soportar la realidad como es, sentir su mano en mi hombro para aprender a sentir mis emociones tal como son, las buenas y las malas. Tener la fuerza para sentir y no huir de ello.
Aún después de muerta, mi abuela me ayuda. Hace un par de semanas soñé con ella. Me dijo: “Hijito, tienes una nueva misión; ser feliz”. Madres, toma eso.
Me quedo con la sabiduría de mi abuela para que me acompañe por siempre y algunas de sus más elocuentes y sabidas reflexiones: “¿Decente? Se saca el pito y mea a la gente”. “Me falta lo que al sastre…El culo y las dos piernas”. “Para las ansias del cura, los huevos del sacristán”.
