Las cosas que nos mantienen de pie

Son curiosas las cosas que nos dan fuerza. En mi caso, una pequeña hoja de papel con el nombre de mis padres, mis hermanos, mi pareja y mi perrita, me dieron la fuerza para soportar estar lejos de ellos e incomunicado.
Para otras personas, esa fuerza viene de la religión o la fe en algo más grande que ellos, algo en lo que pueden poner sus esperanzas, ilusiones y en otros casos, las situaciones que no pueden solucionar, las angustias y más.
Incluso esa voluntad de no rendirse puede nacer de un recuerdo, una promesa, un anhelo o quizá del deseo de ver justicia o hacer venganza.
Sería una mentira si les dijera que nunca he sido religioso, hasta los catorce años de edad me consideraba católico. Hoy a los 36 y con cierto equipaje emocional a mis espaldas, me gusta considerarme a mí mismo como alguien espiritual.
Ya no soy tan mamón para desacreditar lo que no comprendo, pero sigo teniendo la guardia arriba ante las tendencias en las cuales, si no “manifiestas” lo suficiente o con la fuerza necesaria es tu culpa si las cosas no se terminan dando. Con las soluciones milagrosas o la entrega de dinero.
No pienso que lo bueno y lo malo se “paguen” en la tierra. La historia nos ha enseñado que no siempre los justos ganan y que regularmente los “malos” pueden vivir muy a gusto y dormir en paz.
Menos aún creo en ningún tipo de religión organizada, en lo social, pienso que Diderot no estaba del todo equivocado cuando mencionaba la estrangulación de los reyes con las tripas de los curas.
Pero me reconforta creer que en el día a día hay algo más poderoso que yo, algo en lo que me puedo recargar, en lo que puedo confiar, a quién puedo agradecer por lo bueno y entregar lo malo y lo que no entiendo porque me sucede a mí.
Eso es lo que muchas personas conocen como un “poder superior” Y esta idea consuela porque las cosas que pasan en el mundo y las cosas que nos afectan suceden de una manera tan irrefrenable que tener un huequito así en la vida me ha ayudado.
Recuerdo que cuando era joven solía gritar a los cuatro vientos que yo era mi propio dios, un poco como “El Topo” de Jodorowsky. Con la distancia de los años, me hice miedoso, inseguro, todo lo contrario a ese pistolero salvaje, pero supongo que todos somos poco de eso cuando estamos en los veinte.
A veces, aún quisiera tener la fuerza para proclamar lo anterior, y tener esa fuerza salvaje, pero después reflexiono en la paz que me ha dado esta nueva espiritualidad y prefiero quedarme con con dicho sosiego.
Cuando cinco nombres en un pedazo de papel arrugado me daban fuerza y a la vez me servían como separador de páginas, tuve la oportunidad de leer Ana Karenina de León Tolstói. El novelista ruso me hizo conciliar el divorcio que tenía con la espiritualidad.
En la siguiente cita se puede cambiar la palabra religión por la que más te reconforte: fe, universo, karma, santos o ciencia.
“Se abrió un nuevo mundo para ella, un mundo sin nada en común con el suyo anterior, un mundo elevado desde cuya altura se podía mirar el pasado con tranquilidad. La nueva idea que ahora recibía de la religión era elevada, mística, unida a sentimientos y pensamientos hermosos. Así cabía creer en la religión no porque estuviera ordenado sino porque la creencia resultaba digna de ser amada”.
Creer en algo que no sabes que existe, que científicamente es complicado de demostrar, creer en un pedazo de hoja de papel arrugado, con solo unos nombres. Creer en algo solo porque es hermoso o porque es “digno de ser amado”. Son curiosas las cosas que nos dan fuerza, las que nos mantienen de pie.
