LA RECETA DE ZERBONI

Uno de mis gustos en redes sociales es ver la sección de comentarios en la cuenta de Instagram de la revista TV Guía. Es un carrusel de emociones pasar por ese oscuro rincón del internet.

A veces me divierto con los comentarios sobre las publicaciones y en otras me entristezco al observar el nivel de violencia machista a la que se puede llegar. 

En una de mis tantas exploraciones por la cuenta llegué a una publicación que llamó mi atención más que otras:“ ¡Salvador Zerboni en polémica! Tacha de débiles a las personas con depresión”.

Al entrar a la nota, se aclara que el actor ofreció dichas declaraciones al ser expulsado de un reality show y como respuesta a cómo la pérdida auditiva del oído izquierdo le ha afectado: “ La depresión es para la gente con mente débil. No hay que tener excusas en la vida. El dolor es inevitable, pero la depresión es un sufrimiento y una elección”. 

Además de lo anterior, otra declaración que llamó mi atención fue su abandono a la terapia: “Lo estoy tratando con mucha templanza y fuerza. Voy para delante y no tengo ningún problema. No es necesario ir a terapia, lo tengo controlado”. 

Después de leer lo anterior tuve muchas ganas de ser Salvador Zerboni, tener una vida en la que puedas elegir no sufrir y no deprimirte. 

Pues no creo que ninguna persona en el mundo se levante por la mañana y piense, “como que hoy tengo ganas de hacerme con una adicción”, “hoy se siente el día para tener un aborto” o “la tarde está como para comenzar a tener una ansiedad crónica”. Nadie lo hace porque quiere, porque desea sentirse mal. 

Semejantes situaciones no son elecciones, son resultado de diversas condiciones, desde mentales, hasta socioeconómicas, que nos acorralan y que, en ocasiones, no nos dejan más posibilidades. 

En los momentos más agudos de mi depresión, hubiera dado lo que fuera por ser un “cuadrito de alfombra”. El cuadrito de alfombra más pequeño y diminuto que está en la esquina del cuarto, al que la aspiradora no llega a limpiar, al que el mueble evita que le alcance la luz del sol. Aquel que solo existe, que no siente nada, que solo está ahí, inerte. 

Si pudiera elegir no pasar por ese dolor, lo elegiría, pero supongo que soy de “mente débil”, como diría el propio Zerboni. Una mente que siente mucho las cosas, que le afecta no solo lo que le concierne a ella sino a los que más quiere. Una mente débil que a veces no sabe cómo manejar sus emociones. Y a veces, también, una mente que sueña e imagina demasiado. 

Qué maravilloso sería no ir a terapia y tener todo controlado. No tener que contar en voz alta las cosas que te lastiman, que te avergüenzan o que te aterran. Evitar el compromiso de trabajar todos los días en las herramientas que se desarrollan en las sesiones. Y mejor aún, ahorrarte el dinero de tu Escitalopram de 10 mg, el Topiramato de 100 mg y tu poderosísimo Bupropión de 150 mg. 

Buscando una receta en mi Whatsapp personal, encontré algo que me escribí hace poco más de un año: “Me sentí muy mal porque le hice a mi mamá lo mismo que le hago a Ana, les digo que hagamos cosas y planes y al momento ya no quiero”. “Es como si me abrumara salir”. “Y la dejé vestida y eso me duele, hacerle eso a las personas que amo”. “Pero ya tampoco quiero salir. No quiero hacer nada”. “Simplemente me quiero quedar dormido y ya no despertar nunca, pero siempre termino despertando, no importa cuán temprano o cuánto tiempo quiera dormir, siempre despierto”. “Y lo peor es que despierto un poco más triste que el día anterior”. 

Qué bueno que Salvador Zerboni eligió nunca sentirse así, como lo describe Akutagawa Ryunosuke: “Ya no tengo fuerzas para seguir escribiendo más. Vivir con este sentimiento es un dolor indescriptible. ¿Es que no hay nadie que me haga el favor de venir y estrangularme silenciosamente mientras duermo?”. 

Desgraciadamente, no todos somos tan fuertes como el actor de “Un Ángel en Peligro”, hay quienes no podemos elegir no sentirnos de esa manera. 

En mi caso, tuve que tocar fondo y comenzar a salir poco a poco. Resbalón tras resbalón, dando un paso hacia adelante y retrocediendo otros dos. Pero con la creciente convicción de que ya no podía seguir sintiéndome así, de sentirme “indigno de ser humano”, como lo dice el autor japonés Osamu Dazai.

Después de mucho trabajo, ahora sí tuve una elección, usar todo ese dolor, esa desesperación, para comenzar a trabajar en sentirme de otra manera. Desgraciadamente no hay una solución mágica o una pastilla que lo arregle instantáneamente. Es un proceso lento y doloroso.

Esa ardua marcha valió la pena, porque hoy, por primera vez en mucho tiempo, a pesar de no estar en las condiciones en las que me gustaría estar, no estar con la persona que amo, me siento tranquilo, me siento en paz y creo que de eso trata la felicidad. 

Y efectivamente, como dice el histrión: “El dolor es inevitable”. Desear ser un cuadrito de alfombra es desear no sentir dolor, pero como me enseñó mi pareja en ese momento, “tal vez el cuadrito de alfombra no sienta dolor, pero tampoco es capaz de sentir amor y  alegría, de sentir emociones bonitas”. 

La depresión es algo muy jodido. Recuperarte a ti mismo de ella es difícil. Pero comenzar a sentirte mejor es como quitarte una gran piedra de la espalda, una roca que inmoviliza, que confunde, oscurece la vista y hasta, en ocasiones, hace sentir cómoda. 

Igualmente, me encuentro profundamente consciente y agradecido de tener las posibilidades económicas y sociales para poder recuperarme. El sistema económico en el que vivimos no da la oportunidad para recuperarnos e incluso coopera para hacernos sentir peor. 

Ojalá todos pudiéramos ser como Salvador Zerboni y elegir no sufrir ni pasar por cosas horribles, pero como la mayoría no lo somos, no nos queda de otra más que levantar la cara y tratar de hacer lo mejor que podamos con las herramientas que tengamos a nuestra disposición. 

Como menciona Andre Agassi en sus memorias: “Al fin y al cabo, lo que cuenta no es lo que sientes; es lo que haces lo que te da el valor”.